

No pienses en lo que fue. Pensar en lo que fue es inútil. No pienses tampoco en lo que vendrá, pensar en lo futuro es vana impaciencia. Es preferible esto: De día, siéntate como un saco en una silla y de noche tiéndete en el lecho, como una piedra. Llega el yantar, abre la boca; llega el sueño, cierra los ojos.
siglo IX

Por mis lados dormidos, siempre en pos de una claridad
he descendido hasta mirarme frente a frente.
Escribo las tristezas con mi vieja flauta de sombras
mientras en los vasos de vino bebo mis diversos rostros.
Sin llorar despojándome de tantos estigmas mortales
aguardo el alma que fugitiva viene de su pasado
buscando una frente dormida para descender hacia la noche.
Quiero estar solo en mi gran espectro, mis miradas desiertas;
mis cantos me duelen por no terminar en su propio delirio,
apenas reluzco en ellos, apenas voy escurriéndome
como el rocío baja de los ojos de las sombras.
Quiero ser mi propio testimonio, la realidad de mi signo,
mas, ¿qué pueblo inmenso galopa, respira, sufre?
El pecho de raíz turbado está con ajenas substancias.
Vacila esta vena que entra a mi frente desde el crepúsculo
tan vasta como el pasado de fuego de una estrella;
de luz me deja sus señales mas su conjuro no alcanza,
que esta frente asila también malignos nudos.
¡Ah! El alma vuelve a huir con los pies helados del espanto,
adentro mío con cilicio estoy para devolver al día.
en Vigilia por dentro, 1931
Sobre Flamenco es un sueño, de Carlos Almonte

Este libro es una escena, tal vez diez, tal vez cientos, todas adheridas, inseparables, todas hechas trizas, mojadas por el agua de tormenta y los sudores fríos y opacos. Este libro es pesadumbre en vuelo. Tal como arrecia el ángulo perdido de un faro a la distancia. Entre olas furiosas, llenas de espuma -hecha de rabia- o sangre –a caudal-; llenas de ira, tristeza y resignación. La tormenta arrecia a ratos. El temblor es incesante, a través de inquietantes melodías, vuela el ave hacia su final, hacia su miseria. El ave (también lugar, pintura, baile y lenguaje) sabe dónde encontrar su más cruel destino, lo disfruta, lo rechaza, pero a pesar de todo, lo busca sin dudar. El espectador, vacío ya, no sabe si esconderse, huir o regresar; solidaridad, acaso, con la confusión vital del ser perplejo, ebrio de desierto, agotado de amar, enfermo y desahuciado. La ropa hecha jirones, emergiendo de entre remolinos gigantescos; camina en círculos, recrimina, grita al cielo, muestra el puño, cae, tropieza, vuelve a caer, se ensimisma, se ensaña en el discurso, también a través de acciones increíbles, pesadumbres, delirio entre las rocas, delirio sobre la arena, delirio al absorber el sabor cactáceo de tamices en llanuras gigantescas; acciones torpes, según el código incivil, acciones nimias o triviales, hasta detestables, pero nunca innobles.
Este libro es otra escena, una conocida, acaso demasiado, y sin embargo pocas veces enfrentada de manera tan feroz, tan espaciosa, oscura de nocturnidades, oscura de ignominias, el desencanto, la inacción, meditación terrible hacia el final de toda ciénaga. Cuesta el día, alguna tarde, una visita a aquel lugar enorme, deshabitado hasta el extremo, cargando un peso insoportable, aunque bello, claro, diáfano como un dolor que vive, o sobrevive, bajo la tormenta.
Este libro es la escena última, el necesario abismo y posterior reconstrucción, aunque, en realidad, no se trate más que de un atisbo, una visión lejana; a pesar de esto suena a sanación. No podemos terminar en medio de la nada -o sí- parece ser la conclusión. Un final entero, rígido y veraz como el desierto mismo. Una escena de gaviotas, de humedad limpia, de probar la arena y otear el horizonte mientras amanece un nuevo día, en que tal vez, sólo tal vez, comience una extraña vida nueva, inadvertido en el dolor, desengañado hasta del propio desengaño, asumido, atento; como si supiera que otro paso no resiste, como un recurso de defensa en el momento justo.
Nace un nuevo día; el horizonte se amanece entre gaviotas y una débil esperanza.
en Letras.s5, agosto 2009

y metales reservados.
Una altiva víbora de cuerpo recubierto
asoma entre fierros adoptivos;
se retuerce bajo cales, soles y cenizas.
Es el sur, hacia el sur
se desenvuelve la infinita cólera.
Su voz de chirridos
adormece el ritmo cascabel,
y en vagones, desde siempre inhabitados,
se saluda…
ya con ojos interdictos
ya en mirada no encendida.
en Cobra, herida y gravedad, 1993

Una oscura muerte
brilla en el espejo, la entibia y trizadura
una pierna en el costado.
Busca el trágico atavío,
entre rosas negras y amarillas;
tumba el sueño,
ya no siembra el código o envío,
ya no canta, ríe,
aunque se haya ido.
Nadie pedirá su cuerpo,
o lo que de él queda,
ni esa pierna mal cortada por los nervios,
ni ese ojo que aparece y cae desde el techo
en dirección al norte.
No me vengas con quebrantos,
grita-grito-gritan.
No te vengo más que en pólvora y cenizas,
me responden, les respondo,
le sincero.
No hay más muerte que ese anillo envuelto en sombras,
mientras el ajado prometido
jala el percutor.
No hay más muerte bajo las estrellas
que esos dos que enfrentan celos y desdichas entre sí,
con la suerte dicha entre balazos
hacia el fango.
Nadie queda al celebrar,
sólo una mirada triste hacia las rocas,
en donde se abalanzan
los involucrados sin saber.
Nadie y nada queda, más que este vacío y cruel silencio,
una piel suave amoratada,
un registro dulce de esa melodía que termina en llanto,
un amor que ya se extingue,
desde todos lados,
desde el fin y del inicio,
desde nunca y el olvido,
desde el fondo una mentira
de aquel vals que no bailamos,
sino que anestesiamos otra vez,
hasta perdernos esa noche,
para siempre…
en Frágil desconsuelo, 1956

No puede ser que alguien lleve plantas de achiras rojas
sobre la cabeza
y pase sin espantar los presentimientos que hay
y que todos saben.
No puede ser el viento, la cicatriz del niño que ríe con el sexo
ni la mano de la vendedora sobre un papel de diario muerto.
No puede ser el día, el horizonte, la fuente de zozobras,
la cerveza, la vereda angosta, la mesa en la que estoy pensando,
la mirada extraviada.
en Pintura ciega, 1982

Miro en torno a la vidriera. No escapa ni un suspiro, una mirada en franca mejoría. Cambia el ritmo de los ruidos, como si empezara un concierto en plena calle, las frenadas, la conversación ajena, el plano argumental de las imágenes. Cruzo el pasadizo curvo. El río lleva poca agua. Está menos hediondo que en otras ocasiones. Las gaviotas entrelazan sus destinos en el vuelo y una anciana grita su hambre a los heridos vientos. Los demás se espantan, pasan, sobrepasan, oyen, desentienden, clarifican, justifican, reflexionan, imaginan otras vidas junto a ella, junto a su destino falso. Otros dejan resbalar una moneda, como fiel acopio de su honor y felonía. Es de noche cuando nos marchamos, yo con ellos, yo con todos, uno más en el fantasmagórico irreal vagón de los idiotas. No hay más rumbo que el de siempre, ni me pesa el alma sin dejar la huella. Es como terminan los cuarenta grados. Es como me acerco al puente del absurdo.
en Seis mil relatos de ficción absurda, 1961

El cielo está armado.
La tierra está armada.
El fuego.
El agua viva.
Aquí está tu coraza.
Mi espalda de timbales.
Aquí la noche líquida
incandescente
oscura.
Aquí mi corazón:
en la batalla.
Y tú
como mi suerte
estás echada.
en Poemas sin libro, 2002

Pasos
He bebido las aguas
del Shu-Am
como si no estuvieran
contaminadas.
A orillas
del río silencioso
crecen flores amargas
sobre las que he descansado,
leyendo.
Y no he pecado
sino
lo necesario.
en Álbum familiar, 2000
Secreto
Despertó la mañana
con un pájaro muerto.
Bajo la tierra,
donde están los rosales,
lo han guardado los niños
y cantaban.
Más tarde
María barrerá el patio.
Y no sabrá.
en Patio solo, 1986
Momento
No he olvidado
el olor
de los comedores baratos
ni aquella mujer pálida
dormida sobre su cartera.
Sin embargo
parece
como si todo
estuviera bien
ahora,
porque una sola rosa
da perfume a la pieza
y están
las manos del amado
sobre mis rodillas.
en Patio solo, 1986