El último salvaje, de Roberto Bolaño

 

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1

 

Salí de la última función a las calles vacías. El esqueleto

pasó junto a mí, temblando, colgado del asta

de un camión de basura. Grandes gorros amarillos

ocultaban el rostro de los basureros, aun así creí reconocerlo:

un viejo amigo. ¡Aquí estamos!, me dije a mí mismo

unas doscientas veces,

hasta que el camión desapareció en una esquina.

 

 

 

2

 

No tenía adónde ir. Durante mucho tiempo

vagué por los alrededores del cine

buscando una cafetería, un bar abierto.

Todo estaba cerrado, puertas y contraventanas, pero

lo más curioso era que los edificios parecían vacíos, como

si la gente ya no viviera allí. No tenía nada que hacer

salvo dar vueltas y recordar

pero incluso la memoria comenzó a fallarme.

 

 

 

3

 

Me vi a mí mismo como “El Último Salvaje” montado en

una motocicleta blanca, recorriendo los caminos

de Baja California. A mi izquierda el mar, a mi derecha el mar,

y en mi centro la caja llena de imágenes que paulatinamente

se iban desvaneciendo. ¿Al final la caja quedaría vacía?

¿Al final la moto se iría junto con las nubes?

¿Al final Baja California y “El Último Salvaje” se fundirían

con el Universo, con la Nada?

 

 

 

4

 

Creí reconocerlo: debajo del gorro amarillo de basurero un

amigo de la juventud.

Nunca quieto. Nunca demasiado tiempo en un

solo

registro. De sus ojos oscuros decían los poetas: son como dos

volantines

suspendidos sobre la ciudad. Sin duda el más valiente. Y sus

ojos

como dos volantines negros en la noche negra. Colgado

del asta del camión el esqueleto bailaba con la letra de nuestra

juventud. El esqueleto bailaba con los volantines y con las

sombras.

 

 

 

5

 

Las calles estaban vacías. Tenía frío y en mi cerebro se sucedían

las escenas de “El Último Salvaje”. Una película de acción, con

trampa:

las cosas sólo ocurrían aparentemente. En el fondo: un valle

quieto,

petrificado, a salvo del viento y de la historia. Las motos, el

fuego

de las ametralladoras, los sabotajes, los 300 terroristas muertos,

en realidad

estaban hechos de una sustancia más leve que los sueños.

Resplandor

visto y no visto. Ojo visto y no visto. Hasta que la pantalla

volvió al blanco, y salí a la calle.

 

 

 

6

 

Los alrededores del cine, los edificios, los árboles, los buzones

de correo,

las bocas del alcantarillado, todo parecía más grande que antes

de ver la película. Los artesonados eran como calles suspendidas

en el aire.

¿Había salido de una película de la fijeza y entrado en una

ciudad

de gigantes? Por un momento creí que los volúmenes y las

perspectivas

enloquecían. Una locura natural. Sin aristas. ¡Incluso mi ropa

había sido objeto de una mutación! Temblando, metí las

manos

en los bolsillos de mi guerrera negra y eché a andar.

 

 

 

7

 

Seguí el rastro de los camiones de basura sin saber a ciencia

cierta

qué esperaba encontrar. Todas las avenidas

desembocaban en un Estadio Olímpico de magnitudes

colosales.

Un Estadio Olímpico dibujado en el vacío del universo.

Recordé noches sin estrellas, los ojos de una mexicana, un

adolescente

con el torso desnudo y una navaja. Estoy en el lugar donde sólo

se ve con la punta de los dedos, pensé. Aquí no hay nadie.

 

 

 

8

 

Había ido a ver “El Último Salvaje” y al salir del cine

no tenía adónde ir. De alguna manera yo era

el personaje de la película y mi motocicleta negra me conducía

directamente hacia la destrucción. No más lunas rielando

sobre las vitrinas, no más camiones de basura, no más

desaparecidos. Había visto a la muerte copular con el sueño

y ahora estaba seco.

 

  

 

 

 

en La universidad desconocida, 2007

 

 

 

 

~ por ca en 01/02/2009.

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