Cuatro flores, de Felipe Andreu

 

faro-blanco-y-negro

 

Se acerca el patrio suelo hacia el final, no sucumbe ante el platino ni el fragor de la batalla; las rosas destrozadas, el patio aniquilado por el bombardeo. Cuatro budas se retuercen en la sombra, piensan, reflexionan y destinan cuatro tumbas en la cima. Cuatro cuerpos infinitos se desdoblan hacia el mar, sin dejar jamás de hablar o sonreír. El frío del sujeto diametral concuerda, en pasión e imágenes, con la forma equidistante de las nubes. Nada tiende hacia la nada. Nada se confirma ante sí misma. Nada viaja, vuela, entrona y cae, como si en el artefacto mismo del trayecto no existiera más que un tímido delirio, e inducido… Cuatro aves, flores, terciopelos, se resbalan frente a un crimen callejero. Cuatro luces ya no alumbran, mientras una gota mancha el esplendor de aquel vacío. Nadie eleva rezos o plegarias. Nadie corre por la callejuela rumbo a Libertad. Nadie exhala, huele, expira. Nadie cree en su propio anonimato. Nadie más que nadie… Y sin embargo estamos todos: el espectador ansiótico, el caníbal autoendórmico, la mujer canalla, la doncella y prostituta, una rápida mirada a las montañas, el calor eterno de no saber a dónde ir, la canción de triste amor, un libro ajado y olvidado intencionalmente, un regreso, patagonia helada, una sonrisa, un final feliz, después de tanto tiempo, un final feliz…

 

 

en Cometas sin encarnación, 1956

 

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~ por ca en 17/01/2009.

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